lunes, 12 de marzo de 2012
Diez minutos de retraso, acabamos de embarcar. Música clásica intentando
tranquilizar a decenas de personas en busca de un buen sitio. Yo estoy
en la ventana, otra vez. Tengo ganas de llegar y me duermo incluso antes
de despegar. Es un sueño muy ligero, algún grito más fuerte de los que
llevaba escuchando me despierta justo antes de empezar el viaje.
Disfruto de la sensación de subir mientras admiro el paisaje por última
vez. Te echo de menos. Esta vez no es de noche y se ve perfectamente el
mar de nubes que se ha creado bajo nosotros. Es preciosa la vista. Se ve
la luna sobre un horizonte rosa a causa de la puesta de sol. Y pienso
en ti otra vez. En las ganas que te tengo. En todo lo que te contaré
cuando me tumbe en mi cama y deje que el tiempo pase más deprisa de lo
deseado. Quiero que el tiempo recoja las palabras que llevan días
atrapadas en mí para que se guarden como recuerdos. Los recuerdos llegan
cuando menos te lo esperas. Un pequeño objeto, una leve palabra, una
rápida imagen, una canción que casi ha perdido la melodía pero que se
convierten en la llave de una puerta lejana. Como lejanos son los
sentimientos que albergan tras ella. Pero cuando te sumerges en esos
recuerdos, los sentimientos están más cerca que nunca. Dentro de ti. Te
invaden junto con la melancolía o quién sabe qué emociones te pueden
llegar a provocar. Los recuerdos son sólo eso, recuerdos. Que te hacen
daño o te sacan una sonrisa. Tú en ningún momento has sido un recuerdo
por muchas sonrisas que me hayas sacado. Aunque no estuvieses conmigo,
eres el presente. Mi presente. Y sueño con que seas mi futuro. Que
podamos recordar juntos todo lo que nos echamos de menos y podamos
demostrarnos que nos queremos más que en este momento.
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